Cupido satánico

Cupido satánico

Estoy convencida que mi vida hubiera sido miserable, –condenada a la culpa, a la insignificancia, a la soledad, a la dependencia–, que hubiera surcado un camino que me empequeñecía y quizá me hubiera conducido a la muerte, por mano propia o ajena, si él no me hubiera abandonado. Sí, fue él quien se fue. Lo agradezco porque, si las circunstancias no lo hubieran llevado a tomar esa decisión, sin duda otro hubiera sido mi final. Es esa convicción la que me trae a
declarar para esclarecer el intento de asesinato de una mujer que, si bien no conozco, me es cercana; ella vivió la historia que probablemente hubiera sido la mía.

Habíamos estudiado la misma carrera y debimos coincidir en reuniones, eventos y espacios comunes. Sin embargo, no guardo ningún recuerdo suyo de aquella época. Fue hasta que ingresé a trabajar en el periódico que nos vimos, y se evidenció que habíamos transitado las mismas aulas sin causar impresión uno en el otro, o al menos eso pensé en aquel momento. En la redacción, él me guardaba respeto; a veces, hasta me sacaba de algún apuro de último minuto o me echaba la mano con una nota urgente. Más de una vez se amaneció conmigo en el trabajo sin que fuera su turno, solo por acompañarme. Parecía que me tenía en muy buena estima. Años después caí en la cuenta de que ese año de convivencia en Los Cuatro Suyos fueron más las veces en que lo oí narrar sus anécdotas de adolescente y recuerdos de infancia, que las que me dejó hablar, a menos que fuera para dar mi opinión sobre lo que él había dicho.

Luego de algún tiempo dejé el periódico y empecé a trabajar en una radio. Entonces se cortó nuestro vínculo, aunque a los meses Josh, –perdón, pero era así como se le conocía–, me buscó, estaba separándose y se sentía solo. Nunca tomé sus atenciones de un modo sexual o como insinuaciones, puesto que él estaba casado, condición para mí sagrada. Me limitaba a envidiar a
Roxana, su esposa, por tener de compañía a un hombre tan inteligente y sensible. Quizá deba señalar aquí que Josh nunca me pareció atractivo, todo mi interés se gestó en esas amanecidas en la redacción, en las que buscaba la forma de mantenerme despierta e interesada en sus historias. Pero es verdad que sembró una semilla que luego cultivó como un diestro jardinero.
Ahora veo que su cometido era parecer accesible pero lejano, amigable pero desinteresado, distante. Su estrategia había empezado a dar resultado.

Salimos al cine y a comer algunas veces durante ese periodo de separación, pero él y Roxana decidieron intentarlo de nuevo. Me alejé dolida porque creí que empezábamos a forjar algo. No sé si esa reconciliación fue real o no, el punto es que al mes él me llamó y concertamos una cita.

Fuimos a un conocido bar del centro, El Munich. Queda en un sótano en lo que sería la continuación del jirón de la Unión. Es famoso por su desvencijado piano de pared en el que un músico prodigioso anima a los clientes. Sus mesas redondas y gigantes, del tamaño de un barril, destacan entre la multitud que se congrega cada fin de semana. También es famoso por sus salchichas alemanas –que hacen honor al nombre del bar–, cuya receta sigue siendo secreta. Pedimos unas cervezas. Como lo vi demacrado y triste, asumí que la reconciliación con Roxana había fracasado. Reforzó esa idea el que me citara en un lugar tan concurrido y de que, al llegar, después del beso de rigor en la mejilla, me abrazara con fuerza, me mirara con nostalgia, elogiara cómo me veía, acariciara mi cabello largo y terminara tentando, con éxito, un beso en la
boca.

Como era de esperarse, no hizo ningún comentario sobre el estado de su relación. Hablamos de amigos en común, de películas, de libros, de lo mal que estaba la prensa. Seguimos besándonos. Fue recién al día siguiente, al intentar hacer planes con él para el fin de semana, cuando me dijo con total seriedad que tenía que pasarlo en casa con su mujer. Me quedé helada. Entiéndase
bien la escena, habíamos sostenido una cercanía por mucho tiempo y era la primera vez que teníamos relaciones sexuales, había sido un momento especial que yo asumía como el indiscutible paso a una relación seria. Por lo demás, Josh nunca había dado muestras de buscar amoríos, ni conmigo ni con otras mujeres, ni con nadie, al menos que fuera de mi conocimiento.

Sentí que mi error había sido no preguntar, ser cómplice de su silencio, según yo, para evitar removerle los duros sentimientos de la separación. Así que me tragué la indignación y la tristeza. Aunque debí haber hecho manifiesto su engaño y mostrar mi enojo pues de ese episodio se agarró luego mil veces, para dar por sentada mi “liviandad de cascos”. Lo que me llevó a interpretar,
años más tarde, que esa noche fue planificada para generar en mí la culpa de ser la amante, sin cuestionar su propia lealtad a Roxana, pues en todo caso yo era libre y soltera, el infiel era él. Pero…, este razonamiento tan sencillo no se puede producir cuando una se encuentra en las garras de un sentimiento que mezcla deseo y carencias afectivas. Él se había cuidado mucho de forjar lazos de respeto y amistad entre ambos, yo le tenía la confianza suficiente
como para no ser suspicaz. Al mismo tiempo, necesitaba de su interés y de su presencia. Entiéndase que las cosas ocurrieron así porque, como en un juego de ajedrez, ya había muchas piezas apuntándome.

Pasada esa cita siguió llamándome, pero lo evadí. Me había quedado el sabor amargo de una pequeña traición, pensaba que había eludido mencionar a Roxana para llevarme a la cama y el recurso me parecía burdo y mezquino. Lo había hecho jugando con el sentimiento que ya veía en mí y era real, era profundo y muchas veces agobiante. Quería de manera obsesiva a Josh,
pero aún guardaba un vestigio de orgullo.

Llegó la separación entre ellos y yo volví a caer en la trampa. Me pidió quedarse conmigo pues lo habían echado de casa. Yo vivía en un pequeño apartamento en Lince, había logrado independizarme con este nuevo trabajo en el que tenía una cierta estabilidad y estaba contenta. El ambiente en la radio era mucho más amigable, la gente mucho más abierta, yo venía bien recomendada. Lo vi llegar con una maleta y contarme hasta la madrugada la terrible decepción que había sufrido intentando recuperar lazos de afecto que ya estaban irremediablemente rotos. Se cuidó mucho de no incluirme entre las razones de su separación y se explayó, innecesariamente para mí, pero sí para sus planes, en los afectos que profesaba hacia Roxana. Eso fue otra dura estocada a mi ego.

Al día siguiente yo tenía que trabajar temprano, sin embargo, su confesión me pareció un acto indiscutible de amor cuando fue, en realidad, un ejemplo más de su egoísmo. Había producido lástima en mí, esa clase de lástima que a las mujeres nos provoca un espíritu de protección hacia el hombre y de rechazo a la ex mujer. De paso me había dejado ver las profundidades de su amor. Claro está, yo quería que me amara igual o más.

Fue entonces que empezamos nuestra relación, sobre los escombros de su rompimiento con Roxana. Es oportuno que lo mencione porque al menos por un año ella fue el fantasma que habitó entre nosotros. Todo reclamo mío de compromiso era eludido por el duelo de la separación, que aún no pasaba; toda exigencia de afecto era rechazada por las profundas heridas y
la maldad con que habían traicionado su corazón.

Después de un año desastroso en que no hacía más que sentirme mal por entregar todo mi afecto, dar mi espacio, mi casa, mi tiempo a alguien que estaba enamorado de otra mujer, él cambió. Usualmente no le preocupaba a dónde iba, ni con quién salía, ni si llegaba tarde por razones de trabajo o no. Empezó a prestar atención a mis horarios, iba a recogerme a la estación
de radio, al cine, al restaurante. Eso que a todas luces era el inicio de una estricta forma de control, de posesión, lo tomé como una señal de afecto. Pronto, todos mis tiempos libres eran dedicados a él o monitoreados por él. Pero el gusto no me duró nada porque comenzó a desconfiar
de cualquier acto que se saliera de la rutina, a sentirse amenazado por los hombres de mi entorno: compañeros de trabajo, jefes, amigos, ex parejas.

Pensé que cuando trabajábamos en el periódico, alguno de nuestros colegas se había jactado de conseguir algo conmigo –lo cual era mentira–, y que él había guardado esa idea en su interior. De lo contrario, no entendía por qué era tan obsesivo con repasar una y otra vez mi pasado. Él no necesitaba ninguna excusa para desconfiar, quiso verme siempre como una mujer infiel, por
tanto formó y construyó ese modelo que le daba poder absoluto sobre la relación.

Vivimos con sus celos un año más. Aunque todavía no lo sentía como una carga, me daba cuenta que era más el tiempo que pasábamos en tensión que en armonía. Opté por mentir o por ocultarle cosas, por tanto, siempre tenía miedo de que las descubriera, aunque fueran asuntos ridículos o insignificantes como la celebración del cumpleaños de un compañero en un restaurante o la fiesta de un amigo. Fue en medio de esa situación que él empezó a alejarse, se hizo frío, esquivo y terminó planteando que necesitaba un tiempo, su propio espacio. Me desesperé, aunque se desvivía repitiendo que no era mi culpa, al mismo tiempo me hacía sentir que lo era. Tuvimos conversaciones agotadoras sin llegar nunca al meollo del asunto. A la semana
cogió la misma maleta con la que había llegado y se fue. Yo me quedé en la desolación total, pensando que había sido descubierta en alguna de mis mentiras piadosas y que él había reafirmado la imposibilidad de confiar en mí.

Al mes me encontré con Alejandro, un amigo de la universidad, al que no veía hace mucho tiempo, quien nunca supo de mi relación con Josh, pero que lo conocía. De manera casual él lo mencionó y me contó que se casaba, “imagínate”, dijo, “con una gringa”. Tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para no desmoronarme sobre la mesa. Seguí comiendo, aunque los alimentos
me herían como si estuviera tragando navajas. Ese momento, que desde mi perspectiva se debería llamar “segunda traición”, desde el punto de vista de Josh debe haber sido: “segunda y definitiva estocada al ego, prefiero a otra que no eres tú”.

Era posible que sus celos apabullantes tuvieran como objetivo distraerme de controlarlo a él, de preguntar lo que hacía, porque estaba claro que a esa gringa la había conocido mientras estaba conmigo y que se había ido directamente de mi casa a su cama. Me sentí estúpida, me sentí
triste, pero el pensamiento que vino a mí con más fuerza fue, ¿por qué ella y no yo? Debí darme cuenta de que él había sido un pendejo y que lo que correspondía era decirme, ¡qué bueno que fue ella y no yo! Sea como sea, superé esa dura etapa, con la compañía del mismo Alejandro. Nos habíamos gustado mucho desde antes pero no había habido ocasión de acercarnos
y fue entonces que hallamos la forma de alimentar nuestros cuerpos para distraer el alma. Ninguno buscaba nada serio, intentábamos desprendernos de personas que nos habían limitado y hecho sentir culpables en formas similares, así que fue una etapa de soporte y silencio que nos sostuvo a cada uno, en su propio infierno por olvidar. Necesitábamos esa seguridad
en presencia, esa libertad en ausencia.

Al año y medio, Josh quiso verme. Habíamos cortado todo vínculo, yo no sabía cómo le había ido ni en su matrimonio, ni en su vida. Había renunciado a los lugares y amistades comunes, había inventado una nueva geografía de mi ciudad, una que me diera la seguridad de no encontrármelo. No fue tan difícil porque Alejandro vivía hacia el norte y entonces mi rutina cambió en esa dirección. Como me sentía fortalecida, acepté el encuentro. Me pareció que era una forma de cerrar ese capítulo en mi vida. Sin embargo, el plan de Josh era otro y la relación volvió a empezar.

Un día me preguntó si había salido con alguien cuando nos separamos, le dije que no. Algo de lucidez me quedaba como para ocultar lo ocurrido, para proteger y defender mi propia intimidad. Aunque a todas luces era absurdo que él se enojara, en ese mismo periodo él había estado casado con otra mujer. Pero insistió e insistió hasta abandonar el tema o al menos eso me hizo
creer.

De pronto dejó de contestar llamadas. Preocupada, fui a su casa un día tarde para no correr el riesgo de no encontrarlo. Su habitación era un desastre y él estaba bebiendo y fumando con seguridad hace varios días. Me habló con melancolía, como si la fatalidad ya nos hubiera alcanzado. Dio vueltas para confesar que el último día que estuvo en mi casa llamó su atención un
papel azul guardado entre las páginas de mi diario y lo leyó; le había dolido mucho encontrar escritas con gran pasión unas líneas sobre Alejandro.

Mi primera reacción fue el enojo. Estallé, le grité en la cara que sí, que inicié una relación para salir de la depresión en la que me había dejado su traición, su matrimonio, y que, si Alejandro no me hubiera acompañado, seguro habría sucumbido a la tristeza. Le dije que era una lástima que no hubiera leído el resto del diario donde hablaba solo de él, de un Josh que jamás me
amó.

Al verme en tal estado, se culpó por no comprometerse, por darle largas a un sentimiento que me profesaba hace mucho, por engañarme, por herirme, por dejarme sola. En fin, asumió todas las culpas que yo le había señalado y otras nuevas que se inventó en ese momento. Dormimos apretados, unidos para siempre por el rencor y el odio, pero creyendo que nos amábamos. ¡Qué tonta fui al pensar que se podía amar sobre toda esa mierda de sentimientos encontrados!

La ilusión fue más poderosa que yo, finalmente teníamos un compromiso: confesó amarme. Había alcanzado ese ansiado amor del que gozaron Roxana y la gringa. Nos mudamos juntos. Pronto tuve el anillo de compromiso, fechas posibles, pero volvió a controlar mis salidas y a alejarme del resto del mundo. No me lo prohibía, pero me hacía saber con timidez lo tontos que le parecían los comentarios de fulanito, lo mal que lo miraba zutanito, lo opuestas que eran las opiniones de menganito y así, continuamente existía alguien con quien no quería, no podía, o era un dolor de cabeza socializar.

Como mi familia tampoco lo quería mucho, le fue muy fácil hacerse a un lado y tuve que acortar mi relación con ellos también. Nuestra vida seguía siendo tortuosa y esquizofrénica. Unos días era amoroso y se me pegaba como lapa. Otros, era serio y se encerraba a trabajar, sin darme bola, y yo pensaba que algo malo pasaba. Me tenía siempre en el filo de la desolación, sin
confesar la desconfianza que lo carcomía por dentro. Mientras, mi meta era lograr lo mismo que obtuvieron otras; si el amor ya lo tenía, me faltaba la boda.

Las cosas se complicaron más. Cuando yo empezaba una discusión doméstica me salía con algún problema filosófico. Si yo reclamaba que no se ocupaba de algo en casa como lavar los platos, me hacía un detallado recuento de la etimología de la palabra para demostrar que en un pasado remoto la palabra tenía similitud semántica con su opuesto y que, por tanto, ocuparse
de los platos venía a ser lo mismo que descuidarlos. Todo ello partía no de sus profundos conocimientos lingüísticos, sino de la convicción de que él era un ser superior como para dedicarle tiempo a nimiedades de la vida cotidiana. De otro lado, le gustaba resolver problemas con dinero, el que parecía sobrarle como para tirar los platos sucios y comprar otros o dejar de lavar ropa por semanas enteras y comprar nueva para suplirla. Sin embargo, cuando se trataba de repartir cuentas conmigo, no cedía en nada, todo a la mitad y con calculadora. A mí me irritaba esa manera ociosa e irresponsable de hacer las cosas.

Aunque encontramos la forma de resolver con sexo las tensiones de la vida diaria, pronto esa solución nos pasó la cuenta y salí embarazada. No me veía criando un hijo en el infierno de esa relación que sabía estaba más cercana al flechazo de un cupido satánico que al de un querubín. Le propuse un aborto. Él insistió en su deseo de ser padre, quizá por la misma carencia afectiva
en la que había vivido hace muchos años pues sus padres habían fallecido cuando él apenas entraba a la universidad.

Un día llegué temprano a casa porque me sentí mal y recogí el correo, en él venía una carta para Josh de una prestigiosa universidad norteamericana. Fue entonces que me enteré de que estaba postulando para seguir estudios fuera. Con esa carta en la mano y la inseguridad del futuro di por cerrada la discusión de ser padres. Aborté. Él lo tomó como prueba de mi egoísmo, porque del suyo era incapaz de darse cuenta.

El no ser padre lo sumió en la tristeza. Luego he creído ver en ese deseo un paso mucho más maquiavélico que los anteriores; la etapa del chantaje emocional, de la dependencia total, que felizmente no alcancé. Quería que yo estuviera atada a él para siempre, no por amor, sino por la sola consumación de su necesidad de poseerme.

Fue el momento más tortuoso de la relación, de una oscuridad interior profunda –como la del sombrero–. Me celaba hasta del chofer de un micro si me veía viéndolo por puro descansar la vista en algún punto. Empezaba la acusación y mi defensa, inútil y absurda. Recurría una y otra vez al argumento de mi libertinaje, añadiendo ahora mi egoísmo, mi frialdad..

A medio año se fue a los Estados Unidos prometiendo regresar por mí. A la distancia, ese mismo infierno diario se hizo todavía peor porque no llamaba, porque no respondía, porque pasaba meses demasiado ocupado. Ni siquiera se atrevió a romper la relación, sino que me enteré por terceros de que salía con alguien más.

Distanciarme de él fue suficiente para recuperar mi autoestima y salvarme. Postulé a una beca para estudiar en Europa. España había sido siempre mi gran anhelo. Con esa conquista personal en mis manos le avisé que mandara a alguien por sus cosas, pues me había dejado todo para crear la ilusión de que nuestra relación continuaría, seguramente por la pura pereza de no hacerse
cargo de nada. Actué de manera civilizada y no di todo al ropavejero, como era el consejo de mis amigos. Hasta el anillo de compromiso se lo devolví.

Quizá sabiendo que me perdería para siempre, me llamó desde Estados Unidos para consultar si quería que nos viéramos antes de que yo emprendiera ese viaje a España. Regresaba a la ciudad por unas semanas en sus vacaciones de primavera. Eso venía luego de negativas y negativas
de resolver de manera civilizada nuestra relación, de que diera la cara y confesara que veía a otra, de que tomara en serio el que fuera nuestro noviazgo. Así que tuve el placer de decirle que no, que no lo quería ver, pero ni en pintura, que si me veía en la calle se cruzara la vereda porque
si yo lo tenía enfrente, lo que haría era estrellarle encima lo que tuviera delante. Y en efecto, no lo volví a ver nunca más. Aún hoy se me revelan muchas formas de esa adicción que vivimos, pero no quiero extender un relato que me hace quedar mal a mí en la misma medida que lo perfila a él.

Lo que no he dicho, porque yo misma me avergüenzo de confesar, es que, en una reunión de un compañero de trabajo, a la que aceptó ir, se empeñó en maquinar una complejísima sarta de claves ocultas por las que yo me comunicaba y coqueteaba en secreto y a sus espaldas con uno
de mis colegas, que encima a mí me caía muy mal. O sea que no había forma de que yo ni por asomo o por descuido coqueteara con él, o que tuviera en él algún interés oculto. Lo afronté en la calle, mientras esperábamos un taxi y fue entonces que me levantó la mano. Tenía toda la intención de seguir con los golpes, pero alguien salió de la fiesta a alcanzarnos la cámara que yo
había olvidado dentro. Luego subimos al taxi y él no cesó en disculparse por la agresión; al mismo tiempo, trataba de justificarse diciendo que la culpa la tenía yo por no ser confiable.

Un episodio similar ha sido contado por su actual esposa para explicar cómo se inició la violencia entre ellos. El modus operandi del cupido satánico inicia eligiendo una mujer con urgente necesidad de amor, luego construyéndola como falsa y traicionera, así, el amor que ella anhela –que la existencia de otras mujeres parece probar–, nunca será alcanzado y él tendrá la justificación
para ejercer el control y la violencia. Ese amor nunca existió, es el odio a las mujeres lo que siempre dirigió todos sus actos. Agradezco a la ilustre University of Calix por la beca de estudio que lo alejó de mí. Espero que este testimonio ayude a esclarecer el juicio contra Joshua García por intento de homicidio y de esa manera evitar que otras mujeres tengan un destino
fatal.

La historia al revés (English)

The history upside down

From that time, the first, he saw her smile between heads and faces in the crowd. He didn’t know her, but the meeting had already been planned and labeled as necessary. “Are you Mariano?”, she said. Her voice was accompanied by warm eyes, a small nose, and abundant dark hair. She smiled when he said: “Mariano, at your command,” and he not only took her hand, but kissed it, without taking his eyes off her. She could not do anything else but let out a laugh, but that slight brush of his lips on her skin shook her. The people returned to move them away, but the idea of ​​the meeting already noted in his agenda gave him the peace of mind to not keep looking for her in every angle of the room.

At that meeting, nothing new was being said, she kept looking at his eyes, that calmed her down and at the same time made flutters in her chest. Will it be correct to ask, “let’s go out for a coffee?”, she thought when he did not look at her. It was obviously impossible that they could have a moment alone to talk together. The meeting was a morass of details recorded in minutes and he ran away because, however advanced the night, he had another commitment later.

The day of the parade for Fiestas Patrias she almost did not see him, a lot of press was called, as the protocol act required. She had a hard time going in a dress, she thought it was silly, she felt uncomfortable with high heels. I with a heel!, she was recriminating herself. But it was the cost of being a public figure. She looked beautiful to him, even though her discomfort was noticeable. It called to a great tenderness that combination of obedient girl with revolutionary spirit.

She forced herself not to think, to forget the nervousness and the glare of his gaze. To walk down Avenida Abancay, trying to get to the bus stop as soon as possible, she felt that someone touched her arm, turned around angrily and raised her fist.

He was startled to realize that she was about to hit him, he covered himself with hurried hands and shouted “it’s me.” It was the only time he heard her say anything rude. “Shit!” She rebuked him for not passing the voice. “If I’m screaming at you two blocks ago,” he explained. But she could not hear him between the old engines roaring and the incessant murmur of people coming and going. They walked to the Cordano restaurant. A good conversation, a coffee and a bread with buttery cheese were enough to relieve the anger.

That casual outing on Monday afternoon, when she was returning from the community house became daily and he from the office where he did piecework. Although it is hard to believe, they did not touch beyond that kiss on the hand, that first time. Both fled to contact because they knew that the encounter would be determinate.

He scanned every pore, every freckle, every invisible hair of her skin. She enjoyed his smell of cinnamon and shampoo, of his apple-toothed breath, of the low tone of his voice. He was excited by the passion with which she expressed her ideas, the indignation that made her cheeks pink and the strip of her bra that appeared and disappeared according to her movements. She was interested in the calculating way in which he analyzed the situations, how he found the source of the conflicts and a possible solution. They laughed like a cover-up of crying. He told her after a bad joke of priests, a cold August afternoon: “I love you”. She was not surprised, nor did the words make her happy, the same words that she had stopped on the tip of her tongue so many times. She could not stop repeating that, despite loving him, that love was impossible.

He understood the situation; she had a partner, he too, they had to face them and society, to prejudice, to lack of understanding. Impossible no, complicated. Many people involved. Pains that would dull the joy of being together. “I love you too,” she replied after she averted his eyes, but it sounded like a sad phrase. It was. He missed her playful smile lost in the crowd, where she apparently belonged.

They ventured to that truth that they could not avoid. She tried in many ways to tell Susana, her wife, but there was no way, the words did not come out. Before the rodeos of Mariano, Julio was the one who rebuked him “have you be in bed with other guy, right?” When he spoke of Liliana, he shrugged off, went back to the book, to the semi-darkness on his side of the bed.” It will pass,” sentenced him. When Susana found her crying, she thought it was cancer. No. It’s Mariano. Susana said, “thank goodness, I thought it was something serious.”

The decision had to be made once and for all. They left each with a small suitcase and they stayed in a room far from the center. They were left without work, without friends. They touched several doors and they were closed. Every day they dealt with the desperate calls of Susana and Julio, respectively. They were exhausted, hungry, indignant.

She had obtained a position as a waitress and he as a clerk in a bookstore. As living in isolation did not work to persuade them, then psychological reasons came. Surely it was a moment of confusion in his identity, perhaps a childhood trauma or some self-destructive drive that led them to live that abjection, to get away from the natural attraction that people felt for their peers. Reproduction was a separate thing, pure necessity of survival, for that were the banks and the obligation that every healthy man and woman donate at least once their seeds. An uncomfortable procedure, but necessary. Joined moved by love and run the risk of generating kids was scandalous, the number of babies that would populate the earth!

It was not bad for them. They took what they needed to live, but that was not the life they wanted. They had handholds. Soon they began to fight among themselves, to pay attention only to the small annoying details. It’s that simple. They reached the deepest, the darkest, the darkness of the hat.

As they were key parts of the government, those from below forgave them and those at the top turned a blind eye. Again they saw themselves in a very busy meeting, each on one side of the room, with their eyes well placed in the notes. At the exit, two parked cars awaited them to take them home. Neither of them looked at each other.

That Monday, in the Cordano, in their last meeting alone, the bread with cheese remained intact,the coffee cooled. He wanted to kiss her hand and she refused that contact. Any possible approach would have been fatal to history.

La history al revés

La historia al revés

Desde aquella vez, la primera, él divisó su sonrisa entre cabezas y rostros en la multitud. No la conocía, pero el encuentro ya había sido planificado y tildado de necesario. “¿Así que tú eres Mariano?”, le dijo ella. Su voz estaba acompañada de unos ojos tibios, una nariz pequeña, un abundante cabello oscuro. Él sonrió cuando le dijo: “Mariano, a tus órdenes”, y no solo le
tomó la mano, sino que se la besó, sin quitarle la vista de encima. Ella no pudo hacer otra cosa que soltar una carcajada, pero ese leve roce de sus labios en la piel la estremeció. La gente volvió a alejarlos, pero la idea de la reunión ya apuntada en su agenda le dio la tranquilidad para no seguir buscándola en cada ángulo del salón.

En aquella reunión no se estaba diciendo nada nuevo, ella seguía atisbando sus ojos, los mismos que la tranquilizaban y a la vez le provocaban brincos en el pecho. ¿Será correcto pedirle que salgamos por un café?, pensó cuando él no la miraba. Era a todas luces imposible que pudieran tener un momento a solas para hablar de ellos. La reunión fue un marasmo de detalles
anotados en actas y él salió corriendo pues, por más avanzada que fuera la noche, tenía otro compromiso después.

El día del desfile por Fiestas Patrias casi ni lo vio, se convocó mucha prensa, como ameritaba el acto protocolar. A ella le costaba mucho ir en vestido, le parecía una tontera, se sentía incómoda con tacón alto. ¡Yo con tacón!, se recriminaba. Pero era el costo de ser un personaje público. Para él se veía preciosa, a pesar de que se notaba su incomodidad. Le llamaba a una gran ternura esa combinación de niña obediente con espíritu revolucionario.

Se obligó a sí misma a no pensar, a olvidar el nerviosismo y el resplandor de su mirada. Al caminar por la avenida Abancay, intentando llegar lo antes posible a la parada del bus, sintió que alguien le tocaba el brazo, se giró con enojo y levantando el puño.

Él se asustó al darse cuenta que ella estaba a punto de pegarle, se cubrió con las manos apresurado y gritó “soy yo”. Fue la única vez que él la oyó decir una grosería. “¡Mierda!”, le increpó por no pasarle la voz. “Si te estoy gritando hace dos cuadras”, le explicó. Pero no lo podía oír entre los viejos motores rugiendo y el murmullo incesante de la gente que va y viene. Caminaron al Cordano. Una buena conversación, un café y un pan con queso mantecoso bastaron para aliviar el enojo.

Se hizo cotidiana esa salida casual de lunes por la tarde en que ella volvía de la casa comunitaria y él de la oficina donde hacía trabajos a destajo. Aunque sea difícil de creer, no se rozaron más allá de ese beso en la mano, aquella primera vez. Ambos huían al contacto porque sabían que el encuentro sería definitivo.

Él recorría con la mirada cada poro, cada peca, cada vello invisible de su piel. Ella disfrutaba de su olor a canela y champú, de su aliento a manzana, del tono grave de su voz. A él le excitaba la pasión con que exponía sus ideas, la indignación que le sonrosaba las mejillas y la tira de su sostén que aparecía y desaparecían según sus movimientos. A ella le interesaba la manera calculadora en que analizaba las situaciones, cómo encontraba la fuente de los conflictos y una posible solución. Reían como un encubrimiento del llanto. Se lo dijo luego de un mal chiste de curas, una tarde fría de agosto: “te amo”. Ella ni se sorprendió, ni la hicieron feliz las palabras que ella misma había detenido en la punta de la lengua tantas veces. No podía dejar de repetirse que, a pesar de amarlo, lo suyo era imposible.

Él entendía la situación; ella tenía una pareja, él también, debían enfrentarlos a ellos y a la sociedad, al prejuicio, a la falta de comprensión. Imposible no, complicado. Mucha gente implicada. Dolores que opacarían la alegría de estar juntos. “Yo también te amo”, respondió luego de haberle esquivado la mirada, pero sonó como una frase triste. Lo era. Él añoró su sonrisa juguetona
perdida en la multitud, a donde en apariencia pertenecía.

Se aventuraron a esa verdad que no podían eludir. Ella intentó de muchas maneras decirle a Susana, su esposa, pero no había forma, las palabras no le salían. Ante los rodeos de Mariano, Julio fue el que le increpó “¿te has encamado con otro, verdad?” Cuando le habló de Liliana le restó importancia, volvió al libro, a la semi penumbra de su lado de la cama. “Ya se te pasará”,
sentenció. Cuando Susana la encontró llorando pensó que era cáncer. No. Es Mariano. Susana le dijo “menos mal, pensé que era algo grave”.

La decisión tuvo que darse de una vez y, en definitiva. Salieron cada uno con una maleta pequeña y se alojaron en una habitación lejos del centro. Se quedaron sin trabajo, sin amigos. Tocaron varias puertas y se les cerraron. Cada día lidiaban con las llamadas desesperadas de Susana y Julio, respectivamente. Estaban agotados, hambrientos, indignados.

Ella se había conseguido un puesto de mesera y él de dependiente de una librería. Como no funcionó el aislamiento para persuadirlos, entonces vinieron las razones psicológicas. Seguramente era un momento de confusión en su identidad, quizá un trauma de la infancia o alguna pulsión autodestructiva la que los llevaba a vivir esa abyección, a alejarse de la natural atracción
que las personas sentían por sus iguales. La reproducción era una cosa aparte, pura necesidad de sobrevivencia, para eso estaban los bancos y la obligatoriedad de que todo hombre y mujer saludable donara al menos una vez sus semillas. Un trámite incómodo, pero necesario. Unirse movidos por el amor y correr el riesgo de engendrar era algo escandaloso, ¡la cantidad de bebés que poblarían la tierra!

No les iba mal. Sacaban lo que necesitaban para vivir, pero esa no era la vida que querían. No tenían asideros. Pronto empezaron a pelear entre ellos, a fijarse solo en los pequeños detalles molestos. Así de simple. Llegaron a lo más hondo, a lo más oscuro, a la oscuridad del sombrero.

Como eran piezas clave del gobierno, los de abajo los perdonaron y los de arriba se hicieron de la vista gorda. Nuevamente se vieron en una reunión muy concurrida, cada uno de un lado de la sala, con los ojos bien puestos en los apuntes. A la salida, dos carros aparcados los esperaban para llevarlos a casa. Ninguno de los dos se dirigió la mirada.

Aquel lunes, en el Cordano, en su último encuentro a solas, el pan con queso se quedó intacto, el café se enfrió. Quiso besar su mano y ella se negó a ese contacto. Cualquier posible acercamiento hubiera sido fatal para la historia.

El mar (English)

“You see? It’s the sea! “The lady says, walking to the window. In front the coast extends from end to end. Linda stands still in the door frame. The lady, with her hands on her waist, looks at her reprovingly.

“I do not like the sea,” she feels compelled to say, with her eyes on the parquet floor.

“You do not like the sea!” Exclaims the lady, almost shouting. She turns her eyes to the window and adds softly: “I love the sea.” It is evident that her expectation of sharing with Linda a long-awaited dream has vanished.

“And if it comes out …” she says fearfully, her eyes still fixed on the ground. The lady understands. Open the screen and now the movement of the waves in the distance is accompanied by a rumor, stones, algae, salt.

“It is true that this can happen, but not because. If there was a strong earthquake, like the one in Nazca, there would be danger, but we are up, much higher than the sea. Anyway, the sirens would sound and you would have to evacuate.”

“For where?”, Linda hastens to reply with interest, but without abandoning her fear, nor her place under the threshold.

“Well, as far as possible, in the opposite direction to the sea, towards the market. Now I show you where, “she says with a motherly gesture. Linda dares to walk closer to the balcony and both look towards the horizon where the sea never ends.

The lady then wonders why she likes the sea so much and goes back to her childhood, on Sundays in Pucusana, kilometer 60 of the Panamericana Sur, when in spite of all efforts, they always arrived at noon, at the hottest hour and more crowded, they went down the street that overlooked the boardwalk, they gazed at the iridescent, silvery, incessant sea, and looked for a corner between the battalion of umbrellas. They did not leave until the last ray of light disappeared behind the golden wake, on the surface of the water. You had to run away to find less traffic on the road, but it was useless. Think of the force of the sea, its power, when it is close, the calm of the swing, when it is far away. On those Sundays at night when returning from the beach, the rumor of the conches, the movement of the waves, accompanied her dreams.

Linda has no recollection of the sea; there in the heights, the water falls from above, it is not necessary that so much water be stored together, salted, unusable for cooking or for watering. The cochas do not make noise, it is the wind that hoots when it crosses them. They move quedito. It is good water, it is water that seeps from the veins of the earth, Mama Pacha. He wonders if in the sea too they mirror the clouds and the blue of the sky. Although there on the coast there is neither the color nor the texture of the heights. That humid breeze gets into the body, it molds it. The sea for her has no use, no purpose or advantage, no feeling, only if she were a fisherwoman, but she is not. The sea, the sea does not say anything to her.

The next day, the lady leaves her in the apartment very early to do a thorough cleaning before the move. “Do not worry Linda, nothing will happen. I’ll call you in a little while if you need anything.” She leaves with the bag of yellow butterflies that Linda thinks are too striking, but that in the end she likes it so much because she never attracts attention, only knows how to go unnoticed. Leave the balcony for the end, shake, sweep, mop, wax in an interior silence that is disturbed every so often by the sound of the sea. Out of the corner of her eye she looks out the window and there he is, there he continues, moving. Listen that he calls her “Lin-da”. When the waves drag the stones, the call lengthens, you hear “Linnn-daaa”, others it’s just an echo, which repeats “Lin-da-lin-da-lin-da. Linn-daaa.”

The loaders of the moving company invest the day in bringing the furniture of the old house. In the afternoon, the lady asks Linda to stay, that she will pay extra, but she unflinchingly says that she can not; hurry the words with impatience and anger. The lady lets her go. She knows her enough not to insist when Linda gets an idea in her head. It would have seemed like shyness and pride are incompatible if she did not know that in Linda they complement each other. She is efficient and thorough but she is not kind, nor have they achieved the empathy that takes them beyond an employment relationship. At night, friends come to give her a hand, make a small gathering, uncork a couple of bottles of wine and put some pizzas in the oven.

The next day, Linda arrives a little late because she has trouble getting used to the new route of bus she should take. She made a mistake and ends several blocks away. Walks because she does not want to pay more. She thinks to do that always, but she has asked the lady twice of the bus fare arguing that she must take two cars. The lady does not argue with her, she still feels the effect of alcohol and bad night. She decides to take the morning and stay home to finish to order. She gives Linda several tasks that she listens to with a pout on her lips and eyebrow lifted but then she does to the letter.

When Linda retires, the lady is sitting on the balcony with a book; from time to time she fixed her view on the horizon. How can you read with that incessant call, with that noise!, ​​thinks Linda. That of wanting so much the sea seems an incomprehensible rarity. The lady lets herself be enveloped by the rumor, she likes that rhythmic sound, the stones that are dragged and returned, dragged and returned, that monotony calms her, lulls her. Before it caused her melancholia.

Linda walks a few steps on the sidewalk, realizes that everything is silent. Turn to the sea, she sees a large empty slit, without water, that exposes rocks, an irregular terrain and waste, an indescribable amount of garbage. Go back slowly, slowly, because she sees far from it a little confused that as it gets closer it recognizes as a gigantic wave. Starts to walk back, faster, but still looking, as if hypnotized by that terrifying vision. She throws the purse, runs and screams, not knowing if it’s going in the right direction. She is sure that the wave is about to reach her, she runs and falls. She stared without silencing the terror of her voice and then she wakes up sweaty in her small darkened room.

“Another pair of gloves? Have not I bought you some last week? “, she rebukes without understanding how Linda destroys a couple of gloves every week.

“You brought me the wrong ones,” she says in her haughty voice.

“Then show me which ones you want,” the lady asks patiently. Linda takes out her pocket a pair of very thin, surgical gloves.

The lady looks at her sadly. These are the gloves that the nurse used to bathe her father months ago, when he was still alive. That’s why she had delayed the move, she did not want to leave him alone and in the new apartment there was no room for both of them and the nurse. The memory of the death of her father still fresh prevents her from replicating. But start to notice that Linda uses gloves for everything, even for chopping vegetables. When she dares to ask her why, she responds angrily to avoid getting wet. “But if the humidity is in all the city! This is a city that breathes water. ” Linda looks back to the table where she already has a row of carrots in symmetrical squares.

After the gloves, Linda needed tights that covered both her legs and arms, arguing that the humidity made her bones ache. After a month, it seemed more like a neurotic nurse than a domestic employee. Then the shouting began. The first occasion, she thought she heard voices and peeked into the kitchen, but Linda was alone washing the dishes. The lady deduced that the shock of the plates between them had given her the impression of some voice. On the next occasion, she went home and heard Linda shouting, “Shut up, can not you? stop? “and then a blow that alarmed her. When she found her in the room sweeping and moving the bed, she looked for the speaker of those words, but there was no one. “With whom were you talking? ” Linda stood still and silent, broom in hand. “With the sea, then, ” she answered right away. “The sea? Do you send him, the sea, to shut up? “Asked the lady, stopping laughter. “Yes. Is that condemned does not stop calling me, does not stop screaming Linda. Linda.” After that, she had already picked up the broom with fury so as not to leave space for a reply. To Madam, it was clear to her that it was not a call she liked.

“How do you feel, Linda?”, she dares to ask after observing her strange behavior. Linda looks at her with suspicion. “Sit and tell me,” she says fondly.

Linda begins a tirade in which a series of incongruities are mixed that the sea does to her every day: the flame, the pursuit, the wet, the mildew; nightmares in which a gigantic wave devours her; and, the anguish over a fishy odor that she believes do not abandon her. The lady does not argue with her. She beginning to size the severity of the problem.

Linda goes much more calmly to have told the lady her martyrdom. After two hours and a half in the bus, comes to bathe and rest. Turn on the television to simulate a company that does not have, while weaving sweaters of the same color. When available to sleep, she feels a strange noise, as if someone were scratching something. No, it is corrected, it is as if someone will drag stones. But she lives in the sand and there are no stones to drag. It will be the wind, she says to herself, if there will be no wind in that place! It feels humid and then the noise makes more clear. It is the sea that has persecuted her there.

The lady is presented with a work trip and must leave the house in charge of Linda. Even though worries the harmful effect that the sea has had for her, there is no other option. Linda does not like to be alone with the sea. She comes up with terrible fantasies, like if the sea had already taken on the form and body of an evil being, capable not only of shouting and to pursue her, but to trap her, devour her, assault her, perhaps possess her. So the first day alone, she arrives cautiously with a wooden roller in her bag, which teaches the waves through the glass of the screen. At each step she takes the roller with her, just in case. After having washed and watered the plants without any strange noise, or called obsessive, feels that she has mastered him and now it is him, the sea, who fears her.

In the following days, just lift the bag when entering, as if she were carrying the roller inside, but she leaves it at home, because she has to load it for two hours one and two times, in a crowded bus of people, it’s not a thing at all. And it is then that alarmed her to find between her legs waste of sand, in her pants a salty humidity and in her skin greenish or brown spots that darken her whiteness. That liquid and ephemeral quality of the sea make her attempts to defense, the roller, the gloves, the tights, her screams, useless. Linda joins in a terrible feeling of defeat, as if her head were submerged in an unfathomable hat.

When the lady returns from her trip she finds the neglected house and the dried plants. Linda is missing. The building’s doorman informs her that she kept going to clean the first week, but then she did not go anymore. He confesses that he liked her and that he had gone to look for her sometime to her pensione. But with good intentions, he says. This is how he found out that Linda empty her room and left, nobody knows where.

The lady does know.

 

 

El mar

El mar

“¿Ves? ¡Es el mar!”, le dice la señora, al tiempo que camina hacia el ventanal. Delante se extiende la costa de punta a punta. Linda se queda quieta en el marco de la puerta. La señora, con las manos en la cintura, la mira con reprobación.

“No me gusta el mar”, se siente obligada a decir, con los ojos puestos en el piso de parqué.

“¡No te gusta el mar!”, exclama la señora casi gritando. Vuelve los ojos hacia la ventana y añade bajito: “A mí me encanta el mar”. Es evidente que su expectativa de compartir con Linda un sueño largo tiempo añorado, se ha esfumado.

“Y si se sale…”, menciona ella con temor, con los ojos todavía fijos en el suelo. La señora comprende. Abre la mampara y ahora el movimiento de las olas a lo lejos está acompañado de un rumor, de piedras, de algas, de sal.

“Es cierto que eso puede ocurrir, pero no porque sí. Si hubiera un terremoto muy fuerte, como el de Nazca, habría peligro, pero estamos arriba, mucho más alto que el mar. De todos modos, sonarían las sirenas y tendrías que evacuar”.

“¿Para dónde?”, se apresura a replicar Linda con interés, pero sin abandonar su temor, ni su lugar bajo el umbral.

“Pues, lo más lejos posible, en sentido contrario al mar, hacia el mercado. Ahora te enseño hacia dónde”, le dice con un gesto maternal. Linda se atreve a caminar más cerca del balcón y ambas miran hacia el horizonte donde el mar nunca se acaba.

La señora entonces se pregunta por qué le gusta tanto el mar y vuelve a su infancia, a los domingos en Pucusana, kilómetro 60 de la Panamericana Sur, cuando a pesar de todo esfuerzo, llegaban siempre al medio día, a la hora más caliente y más concurrida, descendían la calle que daba al malecón, oteaban el mar tornasolado, plateado, incesante, y buscaban un rincón entre el
batallón de sombrillas. No se iban hasta que el último rayo de luz desaparecía detrás de la estela dorada, en la superficie del agua. Había que salir corriendo para encontrar menos tráfico en la carretera, pero era inútil. Piensa en la fuerza del mar, su poder, cuando se está cerca, la calma del vaivén, cuando se está lejos. Esos domingos por la noche al volver de la playa, el rumor de
las caracolas, el movimiento de las olas, acompañaban sus sueños.

Linda no tiene ningún recuerdo del mar; allá en las alturas, el agua cae de arriba, no es preciso que se almacene tanta agua junta, salada, inservible para cocinar o para regar. Las cochas no hacen ruido, es el viento que ulula cuando las atraviesa. Se mueven quedito. Es agua buena, es agua que se filtra de las venas de la tierra, la Mama Pacha. Se pregunta si también en el mar se
espejean las nubes y el azul del cielo. Aunque ahí en la costa no hay ni el color, ni la textura de las alturas. Esa brisa húmeda se le mete al cuerpo, la enmohece. El mar para ella no tiene ninguna utilidad, ningún propósito ni ventaja, ningún sentimiento, sólo si fuera pescadora, pero no lo es. El mar, el mar no le dice nada.

Al día siguiente la señora muy temprano la deja en el departamento para que haga una limpieza a profundidad antes de la mudanza. “No te preocupes Linda, nada va a pasar. Te llamo en un rato por si necesitas algo”. Se va con el bolso de mariposas amarillas que a Linda le parece demasiado llamativo, pero que en el fondo le gusta tanto por eso, porque ella nunca llama la atención,
sólo sabe pasar desapercibida. Deja para el final el balcón, sacude, barre, trapea, encera en un silencio interior que cada tanto se ve perturbado por el sonido del mar. De reojo mira por la ventana y ahí está, ahí sigue, moviéndose. Escucha que la llama “Lin-da”. Cuando las olas arrastran las piedras, se alarga el llamado, se escucha “Linnn-daaa”, otras es solo un eco, que repite “Lin-da-lin-da-lin-da. Linn-daaa”.

Los cargadores de la empresa de mudanzas invierten la jornada en traer los muebles de la casa vieja. En la tarde, la señora pide a Linda que se quede, que le pagará extra, pero ella imperturbable dice que no puede; apura las palabras con impaciencia y enojo. La señora la deja ir. La conoce lo suficiente para no insistir cuando a Linda se le mete una idea en la cabeza. Le hubiera
parecido que la timidez y el orgullo son incompatibles si no supiera que en Linda se complementan. Es eficiente y minuciosa pero no es amable, ni han logrado la empatía que las lleve más allá de una relación laboral. A la noche llegan amigos a darle una mano, hacen una pequeña tertulia, descorchan un par de botellas de vino y meten al horno algunas pizzas.

Al día siguiente, Linda llega un poco tarde porque le cuesta acostumbrarse a la nueva ruta de micro que debe tomar. Se equivoca de carro y termina a varias cuadras de distancia. Camina porque no quiere pagar más. Piensa hacer eso siempre, pero le ha pedido a la señora el doble del pasaje argumentando que debe tomar dos carros. La señora no le discute, siente todavía el efecto del alcohol y de la mala noche. Decide tomarse la mañana y quedarse en casa a terminar de ordenar. Le encarga a Linda varias tareas que ella escucha con un mohín en los labios y la ceja levantada pero que luego cumple al pie de la letra.

Cuando Linda se retira, la señora está sentada en el balcón con un libro; de tanto en tanto levanta la vista y la deja fija en el horizonte. ¡Cómo puede leer con ese incesante llamado, con ese ruido!, piensa Linda. Eso de querer tanto al mar le parece una rareza incomprensible. La señora se deja envolver por el rumor, le gusta ese sonido acompasado, las piedras que son arrastradas
y devueltas, arrastradas y devueltas, esa monotonía la tranquiliza, la arrulla. Antes le causaba melancolía.

Linda camina unos pasos en la acera, se da cuenta que está todo en silencio. Voltea hacia el mar, ve una gran hendidura vacía, sin agua, que deja al descubierto rocas, un terreno irregular y desechos, una cantidad indescriptible de basura. Retrocede de a poco, despacio, porque divisa a lo lejos algo confuso que a medida que está más cerca reconoce como una ola gigantesca. Empieza a caminar para atrás, más aprisa, pero sin dejar de mirar, como hipnotizada por esa visión terrorífica. Tira la cartera, corre y grita, sin saber si va en la dirección correcta. Está segura que la ola está a punto de alcanzarla, corre y cae. Se ovilla sin silenciar el terror de su voz y entonces
se despierta sudorosa en su pequeña habitación a oscuras.

“¿Otro par de guantes? ¿No te he comprado unos la semana pasada?”, le increpa sin comprender cómo hace Linda para destrozar un par de guantes cada semana.

“Es que me trajo los equivocados”, dice ella con su voz altanera.

“Entonces enséñame cuáles son los que quieres”, le pide con paciencia la señora. Linda saca de su bolsillo un par de guantes muy delgaditos, quirúrgicos.

La señora la mira con tristeza. Son los guantes que usaba la enfermera para bañar a su padre meses atrás, cuando aún estaba vivo. Por eso había dilatado la mudanza, no quería dejarlo solo y en el nuevo departamento no había espacio para los dos y la enfermera. El recuerdo de la muerte de su padre todavía fresco le impide replicar. Pero empieza a observar que Linda usa
los guantes para todo, hasta para picar las verduras. Cuando se atreve a preguntarle por qué, le responde enojada que para evitar llenarse de humedad. “¡Pero si la humedad está en toda la ciudad! Esta es una ciudad que respira agua”. Linda vuelve la mirada a la tabla donde tiene ya una hilera de zanahorias en cuadritos simétricos.

Después de los guantes, Linda necesitó mallas que le cubrieran tanto las piernas como los brazos, argumentando que la humedad le hacía doler los huesos. Pasado un mes, parecía más una enfermera neurótica que una empleada doméstica. Entonces empezaron los gritos. La primera
ocasión, creyó escuchar voces y se asomó a la cocina, pero estaba Linda sola lavando los platos. La señora dedujo que el golpe de los platos entre sí le había producido la impresión de alguna voz. En la siguiente ocasión, entró a casa y escuchó a Linda gritando “cállate, ¿es que no puedes parar?” y luego un golpe que la alarmó. Cuando la encontró en la habitación barriendo y moviendo la cama, buscó al interlocutor de esas palabras, pero no había nadie. “¿Con quién
hablabas?”. Linda se quedó quieta y en silencio, con la escoba en la mano. “Con el mar, pues”, respondió enseguida. “¿El mar? ¿Al mar lo mandas a callar?”, le preguntó la señora deteniendo la risa. “Sí. Es que ese condenado no deja de llamarme, no deja de gritarme. Linda. Linda”, acto seguido ya había vuelto a coger la escoba con furia para no dejar espacio a réplica. A la señora le quedó claro que no era un llamado que le gustara.

“¿Cómo te sientes Linda?”, se atreve a preguntarle después de observar su raro comportamiento. Linda la mira con desconfianza. “Siéntate y cuéntame”, le dice con cariño.

Linda empieza una perorata en la que se mezclan una serie de incongruencias respecto de lo que el mar le hace cada día: la llama, la persigue, la moja, la enmohece; pesadillas en las que una ola gigantesca la devora; y, la angustia por un olor a pescado que ella cree ya no se puede sacar de encima. La señora no le discute. Asiente empezando a dimensionar la gravedad del problema.

Linda se va mucho más tranquila al haberle contado a la señora su martirio. Después de dos horas y media en el micro, llega a bañarse y descansar. Enciende la televisión para simular una compañía que no tiene, mientras teje chompas de un mismo color. Cuando se dispone a dormir, siente un ruido extraño, como si alguien rascara algo. No, se corrige, es como si alguien
arrastrara piedras. Pero vive en el arenal y ahí no hay piedras que arrastrar. Será el viento, se dice a sí misma, ¡si no habrá viento en ese lugar! Se siente humedecida y entonces el ruido se le hace más nítido. Es el mar que la ha perseguido hasta ahí.

A la señora se le presenta un viaje de trabajo y debe dejar la casa a cargo de Linda. Aunque le preocupa el efecto nocivo que el mar ha tenido para ella, no queda otra opción. A Linda tampoco le hace ninguna gracia quedarse a solas con el mar. Se le ocurren fantasías terribles, como si el mar ya hubiera cobrado la forma y el cuerpo de un ser maligno, capaz no solo de gritar y perseguirla, sino de atraparla, devorarla, agredirla, quizá poseerla. Así que el primer día a solas llega precavida con un rodillo de madera en el bolso que al entrar enseña a las olas, a través del vidrio de la mampara. A cada paso que da, va llevando consigo el rodillo, por si acaso. Después de haber lavado y regado las plantas sin ningún ruido extraño, ni llamado obsesivo, siente que lo ha dominado y que ahora es él, el mar, quien le teme.

En los siguientes días, solo levanta el bolso al entrar, como si llevara el rodillo dentro, pero en realidad lo deja en casa, porque cargarlo dos horas de ida y dos de vuelta, en un micro atiborrado de personas, no es cosa de nada. Y es entonces que la alarma encontrar entre sus piernas residuos de arena, en sus calzones una humedad salada y en su piel manchas verdosas o marrones
que oscurecen su blancura. Esa cualidad líquida y efímera del mar hacen sus intentos de defensa, su rodillo, sus guantes, sus mallas, sus gritos, inútiles. Linda se sume en una terrible sensación de derrota, como si tuviera la cabeza sumergida en un sombrero insondable.

Cuando la señora regresa de su viaje encuentra la casa descuidada y las plantas secas. Linda ha desaparecido. El portero del edificio le informa que siguió yendo a hacer limpieza la primera semana, pero que luego ya no la vio más. Le confiesa que le gustaba y que la había ido a buscar alguna vez a su pensión. Pero con buenas intenciones, acota. Es así como se ha enterado que
Linda abandonó su habitación y se fue, nadie sabe a dónde.

La señora sí lo sabe.

Eclipse (English)

Eclipse

She doesn’t exist. She is not a woman with large hips, curly hair and full lips. She doesn’t have a mole on her chin, nor wrinkles on her forehead, nor starry brown eyes. She doesn’t wear glasses, nor does she have a Caribbean voice. She has no name, no history, no lovers, no brothers, she didn’t study cinema, she doesn’t like strong coffee. A flash of light does not shine in her left eye. She doesn’t laugh out loud, throwing her head back. She does not sing songs by Mercedes Sosa or Silvio Rodríguez, nor does she play percussion. She is not obsessed with her bare feet, she does not photograph each corner of the ground. She does not quote Audre Lorde and Alice Walker all the time. She does not tie a red handkerchief to her rebellious hair.

She does not look me up and down in our first meeting. I don’t know her, we have never crossed paths, we have never been in the same space, nor have we lived together, nor have we spied on each other. She has not learned my name, nor has she given it that serious intonation, that sensual flash, every time she says it, every time she calls me. I have not recorded the scent of her neck, the texture of her hand, the tingling of her hair on my cheek. I have not pursued her back, her step, the wake of an affection because there is no affection, no footprint, no back. There has been no misunderstanding, no one has disputed her presence, nor has anyone interfered with our translation of looks.

We have not argued, nor thrown sharp conjectures, nor have we narrowed our bodies like the last word. There has not been any passionate, desperate, impertinent kiss. We have not evoked death, anxiety, pain. We have not made any unwelcome confessions of our unfinished lives. We have not exchanged emails, or proper names, or tiny gestures of affection. We have not taken any pictures, nor left any trace of our existence. She has not left without saying goodbye, nor has she left me with the ardor of any desire, the haste of any mouth, the question and the consequence. I do not miss her, I do not look for her, I do not ramble about flying to her island and spinning together in a corner of the world.

She does not love me or hate me. I’m not waiting for her to arrive, or to say silly words of love, or to find her hand extending along my skin, in the silence of an absence that is incomprehension and fury. I do not talk to her in the loneliness of my dreams, nor do I miss encounters that follow her to bed, to her body, to her night. She does not forget me or let me forget. We do not have a song, a word, a circumstance. No city welcomes us. We do not share any dusk, any illusion, any addiction. The day did not get dark too soon. We did not get drunk one from the other. It is not the woman in the hat, nor its darkness. She has not been lost, nor has she left me in delirium and tears.

No, we never saw each other. Nor was it an error. It did not happen like an eclipse, when for seconds, the sun’s and moon’s trajectories are disturbed.

Eclipse

Ella no existe. No es una mujer de grandes caderas, pelos rizados y labios carnosos. No tiene ningún lunar en el mentón, ni arruguitas en la frente, ni ojos estrellados y pardos. No usa lentes ni tiene una voz caribeña. No tiene nombre, no tiene historia, ni amantes, ni hermanos, ni ha estudiado cine, ni le gusta el café cargado. No le brilla un destello de luz en su ojo izquierdo. No se ríe a carcajadas echando la cabeza hacia atrás. No canta Mercedes Sosa, ni Silvio Rodríguez, ni toca la percusión. No le obsesionan sus pies desnudos, no fotografía cada uno de los rincones del suelo. No cita a cada rato a Audre Lord y a Alice Walker. No le amarra un pañuelo rojo a su cabello rebelde. No me ve de arriba abajo en nuestro primer encuentro. No la conozco, nunca nos hemos cruzado, nunca hemos estado en un mismo espacio, ni hemos convivido, ni nos hemos espiado. No se ha aprendido mi nombre, ni le ha dado esa entonación grave, ese destello sensual, cada vez que lo dice, cada vez que me llama. No me he grabado el perfume de su cuello, la textura de su mano, el cosquilleo de su cabello en mi mejilla. No he perseguido su espalda, su pisada, la estela de un afecto porque no existe afecto, ni pisada, ni espalda. No ha habido malentendido alguno, nadie me ha disputado su presencia, ni ha interferido en nuestra traducción de miradas. No hemos discutido, ni lanzado filosas conjeturas, ni hemos estrechado nuestros cuerpos como última palabra. No ha habido ningún beso apasionado, desesperado, impertinente. No hemos evocado la muerte, la zozobra, el dolor. No hemos hecho ninguna confesión inoportuna de nuestras vidas inconclusas. No hemos intercambiado mails, ni nombres propios, ni pequeñísimos gestos de cariño. No nos hemos tomado ninguna foto, ni dejado ningún vestigio de nuestra existencia. No se ha ido sin despedirse, ni dejándome el ardor de ningún deseo, la premura de ninguna boca, la pregunta y la consecuencia. No la extraño, ni la busco, ni divago con ir volando a su isla y girar juntas en una esquina del mundo. No me ama ni me odia. No estoy esperando que llegue, ni que pronuncie tontas palabras de amor, ni hallar su mano extendiéndose por mi piel, en el silencio de una ausencia que es incomprensión y furia. No hablo con ella en la soledad de mis sueños, ni añoro encuentros que la sigan a su cama, a su cuerpo, a su noche. No me olvida ni me deja olvidar. No tenemos canción, ni palabra, ni circunstancia. Ninguna ciudad nos acoge. No compartimos ningún atarde-
cer, ninguna ilusión, ninguna adicción. No se nos oscureció el día muy pronto. No nos embriagamos una de la otra. No es la mujer del sombrero, ni su oscuridad. No se ha perdido, ni me ha dejado el delirio y la lágrima.
No, no nos vimos nunca. Ni fue un error. Ni pasó como un eclipse, cuando por segundos, sol y luna entorpecen su trayectoria.

El origen del miedo (English)

The origin of fear

 

I

That’s me at the origin of time, clutching the railing of the cradle.

The closed night is dark like the inside of a hat.

I reduce myself to one word: mom.

Mom, I’m cold, mom, I’m hungry, mom, I’m sleepy, mom, I’m awake.

She is far away, her voice is distant.

I try to go to her, but a white tulle covers me.

Mom does not respond. Mom does not come.

 

II

That’s mom crying.

Seeing her I contemplate the eclipse of the sun mid-morning.

I watch the murderous wave that rises over her shadow.

Her cry stops me like a yawn does the dream.

She cries inconsolably in front of the television.

I pursue the circumstance of her sadness in my memory, until a strange notion of light filters in as a promise without end.

I sit next to her. I look at the screen.

I recognize the white suits with black stripes crossing them.

The raised fist that shouts slogans.

A familiar face on that guilty number.

 

III

That’s mom, again in front of the TV, with her notebook and pen in hand.

Mom looks. She listens, engrossed.

“May God help us,” says a bald man with a mustache before leaving the screen. The blank page. “El Chino lied to us,” I hear her say.

The flag of Peru remains.

 

IV

That’s mom being pointed at with a revolver to her head. Inciting the man to shoot.

Arguing that stripping her of what little she has is worse than killing her.

That’s me crying, shaking my head, screaming no!

Her eyes flash with rage and impotence.

I do not understand her.

My interior transforms the bravery into selfishness and in secret I accuse her of treason.

Shouts are heard in the street. The man pushes mom, he takes the dollars and the grandmothers’ jewelry.

I want to hug mom, I want to squeeze against her body, I want to merge with her.

Outside two shots are heard. Mom goes running.

I ask mom not to die, but she does not listen to me.

 

V

That’s mom sitting on the bed, devoid of light, of strength, of desire. Empty.

She does not feel like waking up, or getting up, or working, or opening a book, or watching the screen, or eating.

She has spent all her tears.

She wants answers that I do not have.

She calls me urgently, with haste.

I don’t listen.

 

She wants to hug me.

I don’t go.

She does not want to be a mom.

Neither do I.

El origen del miedo

Esa soy yo en el origen del tiempo, pegada a la baranda de la cuna.
La noche cerrada es oscura como el interior de un sombrero.
Me reduzco a una palabra: mamá.
Mamá tengo frío, mamá tengo hambre, mamá tengo sueño, mamá estoy despierta.
Ella está lejos, su voz es distante.
Intento ir hacia ella, pero un tul blanco me cubre.
Mamá no responde. Mamá no viene.

II

Esa es mamá llorando.
Al verla contemplo el sol eclipsarse en plena mañana.
Observo la ola asesina que se levanta sobre su sombra.
Su llanto me detiene como el sueño al bostezo.
Llora desconsolada frente al televisor.
Persigo la circunstancia de su tristeza en mi memoria, hasta que una noción extraña de la luz se
filtra como una promesa sin fin.
Me siento a su lado. Miro la pantalla.
Reconozco los trajes blancos con rayas negras atravesándolos.
El puño en alto que grita consignas.
Un rostro familiar sobre ese número culposo.

III

Esa es mamá, otra vez frente al televisor, con su libreta de apuntes y el lapicero en la mano.

Mamá mira. Escucha absorta.
“Que Dios nos ayude”, dice un señor calvo con bigotes antes de retirarse de la pantalla. La
hoja en blanco. “El chino nos mintió”, la escucho decir.
Queda la bandera del Perú.

IV
Esa es mamá siendo apuntada con un revólver en la cabeza. Incitando al hombre a disparar.
Arguyendo que despojarla de lo poco que tiene es peor que matarla.
Esa soy yo llorando, negando con la cabeza, gritando ¡no!
Sus ojos destellan de rabia e impotencia.
No la comprendo.
Mi interior transforma el valor en egoísmo y en secreto la acuso de traición.
Se escuchan gritos en la calle. El hombre empuja a mamá, se llevava los dólares y las joyas de
las abuelas.
Quiero abrazar a mamá, quiero apretarme a su cuerpo, quiero fundirme con ella.
Afuera se oyen dos tiros. Mamá sale corriendo.
Le pido a mamá que no se muera, pero no me escucha.

V
Esa es mamá sentada sobre la cama, despoblada de luz, de fuerza, de deseo. Vacía.
No tiene ganas de amanecer, ni de levantarse, ni de trabajar, ni de abrir un libro, ni de ver la
pantalla, ni de comer.
Ha gastado todas sus lágrimas.
Quiere respuestas que no tengo.
Me llama con urgencia, con premura.
No escucho.

Quiere abrazarse a mí.
No voy.
No quiere ser mamá.
Tampoco yo.

Vivir Sin Drogas… ¡Es Vivir! (English version)

To live without drugs … is to live!

It is giving hope to your beautiful existence.

It’s giving yourself one more chance,

to open your wings and fly away.

There is no reason to fall into temptation.

If they are offered, tell them ‘no’.

In you is the path that you must follow,

better to life tell him ‘yes’.

Spend your time progressing,

so that your dreams can reach.

do not contaminate, with drugs, your inner world.

Do not let drugs make you inferior.

If you only feel at one time,

Take an overdose of love and love.

Do not let them take over you,

Remember that without them you can be happy.